Abecedario egipcio
En realidad, en el Antiguo Egipto no existía el concepto de alfabeto tal y como lo conocemos hoy, ya que su escritura combinaba ideogramas (signos que representan palabras o ideas), fonogramas (signos que representan sonidos) y determinativos, unos signos que no se pronunciaban y ayudaban a saber de qué tipo de cosa se hablaba.
La tabla de arriba es una equivalencia didáctica: asigna a cada una de nuestras letras el jeroglífico con el sonido más parecido, para que puedas divertirte escribiendo tu nombre «en egipcio», pero es una aproximación y no una traducción exacta al egipcio antiguo.
En su época clásica se utilizaban más de setecientos signos distintos. Entre ellos había unos 24 signos llamados uniliterales, que representaban una sola consonante cada uno (los egipcios no escribían las vocales), y son estos los que se suelen presentar como el «abecedario egipcio».
Según la historia, hace unos cuatro mil años, pueblos de lengua semítica que trabajaban en Egipto y en las minas del Sinaí se fijaron en los jeroglíficos y tomaron la forma de algunos de ellos para crear un sistema mucho más sencillo, en el que cada símbolo, en lugar de representar ideas, representaba un sonido. Es la llamada escritura protosinaítica, que muchos consideran el primer alfabeto.
Este primer alfabeto se fue extendiendo y acabó siendo la base de muchos otros. Así, los fenicios, conocidos por ser grandes navegantes, llevaron su alfabeto a muchos lugares del Mediterráneo, y del alfabeto fenicio surgieron después el griego y el latino, entre otros.
Históricamente, el jeroglífico es el sistema de escritura más antiguo de los egipcios, y durante siglos nadie supo leerlo. Fue el francés Jean-François Champollion quien, en 1822 y gracias a la famosa piedra de Rosetta, logró descifrarlo. Sus signos son verdaderas pinturas de objetos, animales y personas, y era una escritura difícil que solo dominaban los escribas, por lo que resultaba poco accesible al pueblo.
En la cultura egipcia se distinguen tres tipos de escritura: la jeroglífica, usada sobre todo en templos y monumentos; la hierática, una versión más rápida y cursiva que empleaban sacerdotes y escribas; y la demótica, aún más simplificada, para los usos cotidianos.
Es indudable que, con el paso del tiempo, aquellos dibujos que representaban objetos, animales o personas inspiraron, a través del camino de los alfabetos protosinaítico, fenicio y griego, el alfabeto latino que utiliza hoy la mayor parte de los países del mundo.